Sobre Halloween
29 de octubre de 2026
- Reflexiones del Consiliario Nacional de la ACdP, Fernando Cruz-Conde.
«Todo cuanto de verdadero se haya dicho pertenece a los cristianos», San Justino mártir, Segunda Apología capítulo 13
1. El principio: sanar en la raíz, no arrancar
La Iglesia no ha querido nunca vivir a la defensiva frente a la cultura. Su convicción es que «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Si la salvación es universal, ninguna cultura es terreno perdido.
Toda la teología católica descansa en esto: la gracia no destruye la naturaleza, la perfecciona (santo Tomás). Lo humano, aunque herido, conserva bondad, y el Evangelio la sana y la lleva a plenitud. San Pablo también da el criterio: «Examinadlo todo y quedaos con lo bueno» (1 Ts 5, 21).
2. La base en la tradición: Justino y las «semillas del Verbo»
San Justino mártir (s. II) lo formuló mejor que nadie: la verdad que algunos sabios paganos entrevieron es una semilla sembrada por el Verbo (logos spermatikos), y por eso afirma que lo bueno que se ha dicho entre los hombres nos pertenece a los cristianos (II Apología, 13). El Concilio Vaticano II recoge la idea (Ad gentes 11, Lumen gentium 17, Nostra aetate 2). Y San Pablo la practicó en el Areópago, partiendo del altar «al Dios desconocido» (Hch 17).
3. Los ejemplos históricos
- La piedad romana (pietas). Roma veneraba a los padres y a los antepasados, y su derecho lo recoge. Los cristianos reconocieron ahí un eco del cuarto mandamiento y lo asumieron como propio. De esa raíz brota la oración por los difuntos que posteriormente se fijó como la conmemoración de todos los fieles difuntos, es decir de los difuntos.
- Los templos paganos. El papa san Gregorio Magno aconsejó en el año 601 a los misioneros de Inglaterra que no destruyeran los templos, sino los ídolos, y que los consagraran al culto cristiano. El Panteón de Roma, convertido en iglesia de Santa María y todos los mártires, es el ejemplo más visible.
Se trata de preguntarse qué hay de bueno en la fiesta, que la Iglesia pueda recoger y sanar:
No esta claro el origen de la fiesta de Halloween, si es pagana o si viene de los monjes enviados a Britania e Irlanda. En cualquier caso, lo que se trata es de celebrar la Santidad de Dios en sus hijos que abrazando al Señor se han santificado, asemejándose a Dios que nos hizo a imagen. “Dios se hace hombre para que el hombre pueda ser Dios” S. Ireneo de Lyon
- La conciencia de la muerte. La cultura actual la esconde y Halloween, a su manera, la nombra. Es una pregunta legítima que reclama respuesta.
- El recuerdo de los difuntos. Recoge, aunque distorsionado, el sentido de que los muertos no desaparecen.
- Una costumbre cristiana olvidada. Existía el souling: en la víspera de Todos los Santos los pobres pedían de casa en casa «soul cakes» a cambio de rezar por los difuntos de la familia. Es probable que sea una de las raíces del trick or treat.
- La alegría comunitaria. La fiesta reúne a niños y vecinos, y eso es bueno.
A partir de ahí, la propuesta es dar a esa pregunta la respuesta cristiana: la muerte ha sido vencida por Cristo, los santos viven y los difuntos son nuestros. De ahí la vigilia, la visita a los cementerios, la misa por los difuntos y los «santos disfrazados».
Un matiz para no dar flanco
La parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) dice literalmente que no se arranque la cizaña antes de tiempo para no dañar el trigo, y que sea Dios quien separe en la siega. Es el fundamento de la paciencia y del discernimiento. La idea de «sanar en la raíz» es una consecuencia teológica de ese texto, y conviene presentarla así, como aplicación y no como cita literal.
Además, sanar no es bendecirlo todo. Esa misma tradición exige discernir: lo que glorifica el ocultismo, la violencia o la burla de lo sagrado no se recoge, sino que se condena. Existe el Enemigo de natura humana, que quiere nuestra perdición y aprovechará cualquier resquicio que le dejemos para entrar. Por tanto, no debemos ser ingenuos sobre el peligro que puede conllevar, esto es una llamada a la vigilancia y la perseverancia que nuestro Señor con insistencia nos recomienda.
La Iglesia no teme las fiestas de los hombres, porque sabe que en el fondo de cada una hay una pregunta que solo Cristo responde.

