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Insignia del propagandista

La insignia de la Asociación Católica de Propagandistas es santo y seña, carta de presentación, rostro y espejo en el que nos miramos quienes decimos ser apóstoles de Jesucristo en la vida pública. La Asociación Católica de Propagandistas lleva en su corazón el amor apasionado a Cristo, a la Iglesia y al Santo Padre como marca de garantía y de autenticidad. Muestra de ello es nuestra insignia, que es algo más que una reliquia o que un adorno para ornamentar nuestro estilo. En nuestra insignia se nos recuerda que el centro de la Asociación, su corazón, es la cruz de Cristo, Cristo crucificado. La cruz, paradoja humana, expresión del amor. La historia de la Asociación ha sido una historia de cruz y de luz. Hay tiempos de cruz y tiempos de luz; todos los tiempos de cruz están destinados a ser tiempos de luz. La cruz, en el centro de nuestros afanes apostólicos, debiera ser el antídoto contra la autocomplacencia y los recelos internos, las sospechas, los afanes personales, los intereses desmedidos, las estrategias y los cálculos de poder en pos del beneficio individual.

Don Ángel Herrera, miembro fundador y primer presidente de la ACdP dijo un día hablando de los fines de la Asociación, y de la cruz que nos ilumina: “El mayor signo de ignominia en los tiempos antiguos, se ha convertido en el mayor distintivo de honor y de gloria, desde que fue ungida por la sangre redentora de Jesucristo (…) Muchos acompañan a Jesús. Muchos quieren practicar su religión. Muchos, empero, se encuentran prontos a celebrar el triunfo, la pompa, la gloria exterior. Pero, ¿cuántos son los que entienden que el Evangelio se reduce a dos palabras: cruz y misericordia? (…) Cruz: esto es, cumplimiento del propio deber todos los días. Cruz: la vida como sacrificio por amor de Dios. Misericordia, para no pensar en nosotros solamente, sino tener abiertos los oídos para oír las quejas de los hermanos que nos encontramos en el camino de nuestra existencia”.

Nuestro amor no puede ser otro que un amor apasionado a la Iglesia. Nosotros decimos, porque amamos, y lo decimos con sinceridad de corazón, que queremos “servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”. Tenemos la experiencia de ahora cien años. Una vida en la que, con nuestras luces y nuestras sombras, no hemos pretendido otra cosa que amar a la Iglesia apasionadamente y servirla apasionadamente. Siempre con la cruz presente. Nuestra Asociación ha querido ser una Asociación de esencias; son muchas las veces, son muchas las tentaciones que hemos tenido a lo largo de los años, pero siempre nos hemos mantenido cum Petro et sub Petro, cum Ecclesia, sub Ecclesia. En este año santo Paulino, el santo Padre Benedicto XVI nos ha recordado que la conversión de san Pablo, modelo de cristiano converso, debe ser el ejemplo de la conversión permanente de todos y cada uno de nosotros. “En aquel momento –escribe el Papa-, Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho que Jesús había muerto también por él -el perseguidor- y que estaba, y está, resucitado. Esta verdad, que gracias al Bautismo ilumina la existencia de cada cristiano, alumbra completamente nuestro modo de vivir. Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús “se ha entregado a sí mismo por mí”, muriendo en la cruz (cfr Gal 2,20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiándome al poder de su perdón, dejándome tomar la mano por Él, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y te toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor”.

Si hay una realidad que nos ayuda a nuestra conversión, a la conversión de los miembros de la Asociación Católica de Propaganditas, es la Eucaristía, presente también en nuestra insignia. La eucaristía es el corazón de la Iglesia, presencia de Cristo, real y verdadero. No han sido pocas las veces que en la economía de Dios para el hombre, el arca de la Alianza custodiaba el corazón de la ley de salvación. La Eucaristía debe custodiar el corazón de la Asociación y nuestros corazones. Nuestra confesión de fe es una confesión de fidelidad, de afirmación de nuestros fines, que se convierten en afanes, de apuesta por la formación, dispuestos a restaurar todas las cosa en Cristo y atentos a la voz de el Santo Padre y a la de los obispos en comunión con el Papa, en fiel intimidad de corazones. La insignia de la Asociación no es más que memoria y presencia, durante ya cien años y para los próximos cien años.

Un momento fundamental en la vida del propagandista es cuando, tras un tiempo de conocimiento suficiente de la ACdP, de haber discernido su vocación y pedido su ingreso como socio activo, es aceptado por la Asociación como tal. Ello se hace solemnemente en un acto en el que se le impone la insignia de propagandista.