Causas abiertas o en estudio para su apertura diocesana (por martirio)

Causas abiertas o en estudio para su apertura diocesana (por martirio)

1. ABIERTAS
 
Lo que se transcribe a continuación, así como las semblanzas que se enlazan, es una transcripción del texto publicado en el Boletín de la ACN de P número 715, del 15 de noviembre de 1961. Se añade esta información por si puede ayudar a que alguna de estas causas pueda iniciarse, aunque conviene advertir que pueden contener errores en algunos datos biográficos
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José Mª Uzal Sánchez (19...-1936) | Diócesis de Toledo
Francisco Sánchez Trallero (1913-1936) | Diócesis de Santander
Simón Lancha Galán (19...-1936) | Diócesis de Toledo
Rafael Monllor Casasempere (1880-1936) | Diócesis de Valencia
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2. OTRAS POSIBLES CAUSAS
 
El 28 de noviembre todos los centros de la A. C. N. de P. conmemoran solemnemente el aniversario de nuestros mártires y nuestros héroes. El centro de Madrid alcanzó la proporción de un caído por cada cuatro propagandistas. El número de  los muertos supone una sexta parte de los propagandistas que entonces formaban la Asociación.

El Consejo Nacional, en su última reunión de 28 de octubre de 1961, acordó que el día 29 de noviembre los Centros de A. C. N. de P. conmemorasen solemnemente el 25 aniversario de nuestros mártires que entregaron su alma a Dios durante la Cruzada, fecha en la que Luis Campos Górriz alcanzó su palma. La Asociación siempre ha tenido ante su consideración la memoria de sus caídos como un documento acreditativo de su estirpe racialmente católica y española, el "martirio" de su amor por Cristo y por su Patria.

Una larga lista de cerca de un centenar de compañeros nuestros, que llegada la gran hora no vacilaron en ponerse en vanguardia y sacrificar su vida por la fe que siempre habían profesado, acreditan a la Asociación ante Dios y ante los hombres. Por eso, la Asociación no puede olvidar a quienes al conquistar con su sangre la verdadera gloria, tanta gloria le dan a ella misma.

Esa larga lista supone que por lo menos una sexta parte de los hombres que entonces componían la Asociación Católica de Propagandistas, cuando decían que eran católicos, lo eran de verdad y con todas sus consecuencias -téngase en cuenta que solamente fueron sometidos a prueba los propagandistas de media España-. Algunos Centros quedaron, como el de Toledo, totalmente exterminados. El de Madrid arroja una proporción de uno por cada cuatro. Lo más consolador es que en medio de tan brava y despiadada persecución no se registrase ni un sólo caso de apostasía; todos pelearon como buenos soldados de Cristo.

Sacamos nuestra relación del capítulo IX de la historia de la Asociación que escriben Isidoro Martín y Nicolás González Ruiz y aprovechamos la oportunidad para pedir a todos que completen los datos y singularmente nos den noticias de aquellos de quienes no figure ninguna a través del correo-e comunicacion@acdp.es

 
3.CAUSAS EN ESTUDIO POR PARTE DE LA ACdP
 
Era vasco de pura cepa, nacido en Ibarvanguelua (Vizcaya) en 1896. Tenía, pues, treinta y ocho años cuando lo mataron. Estudió la carrera de ingeniero de Caminos que simultáneo con la de abogado. Fue el primer secretario general de la Confederación de Estudiantes Católicos. Era buen orador y se entregó a la propaganda con entusiasmo. Ingresó en la A. C. N. de P. en 1920, recibió la insignia en 1924 y fue elegido consejero de la Asamblea de 1925. Fue presidente de la Juventud Católica de la Concepción al constituirse ésta en abril de 1923. Ocupó el cargo de gerente de “El Debate”, después de estudiar en Norteamérica la organización administrativa de los grandes diarios en viaje del que ya se ha hablado oportunamente. Reintegrado a Bilbao, alternó el trabajo en diversas empresas industriales con sus tareas de propaganda. Por fin, fue director de la Universidad Cerrajera de Mondragón, donde encontró la muerte. Allí se desveló por introducir las prácticas sociales cristianas. Ha quedado testimonio del día 4 de octubre de 1934, en el que Oreja desarrolló su vida normal en su despacho. Sobre la mesa tenía un crucifijo de bronce recostado sobre un bloque del mismo metal, en cuyo reverso había hecho grabar el versículo 35 del capítulo VI de San Lucas: “Empero, vosotros amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin recibir nada por ello, y será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno aun para los ingratos y malos”. Se le vio aquel día en los talleres, hablando cordial y amistosamente con el personal. Aquella noche, sin embargo, de madrugada ya, se oyeron tiros en el pueblo, del que un grupo de facciosos se adueñó momentáneamente, ya que estaba desguarnecido. Oreja se dio cuenta del peligro, y rezó el rosario con su mujer. Cinco hombres, armados con pistolas y bombas de mano, se presentaron en la casa y se lo llevaron a la Casa del Pueblo, donde fue encerrado con guardias de vista, en unión de otras dos personas, una de las cuales moriría también. En la habitación contigua se discutía su suerte. Lo condenaron a morir “por las ideas que había propagado”, le dijeron. Y a las dos de la tarde, acuciados ya por la noticia de la vecindad de tropas que se aproximaban, al salir por la cerca de la Casa del Pueblo le dispararon cuatro tiros por la espalda. Cayó a tierra muerto, con los brazos en cruz. Antecedió en dos o más años a los propagandistas que tenían reservado como él ese supremo triunfo de ser llamados a la muerte “por las ideas que habían propagado”. Y al adentrarnos ahora en la evocación sucinta de nuestros mártires y héroes lo hacemos siguiendo el orden alfabético de los Centros a que pertenecieron.
Fue el suyo uno de los casos de largo, a propósito para probar el temple de un alma. Había logrado ir de Barcelona con un grupo que se dirigió a Andorra para pasarse a Francia y de allí a la zona nacional. Pero ya dentro de Andorra, un destacamento de 150 carabineros rojos los cercos y detuvo. Nuestro compañero fue objeto allí de continuas torturas, llevadas a verdaderos extremos de sadismo. Al aproximarse las tropas nacionales el campo fue evacuado con toda prisa. Las fuerzas que le quedaban no permitieron a Luciano ponerse en marcha, y entonces allí mismo, en el suelo del que no se podía levantar, le hicieron varios disparos. Las tropas nacionales lo encontraron aún con el último soplo de vida. Era el 23 de marzo de 1938.
Como tantos otros de los que se habían extinguido por su actividad en el campo católico. Escobar Cuevas estaba anotado en las listas de la venganza. Telegrafista desde muy joven, lo que compaginó con su licenciatura en Derecho, se distinguió como impulsor de la Asociación de Padres de Familia y era muy asiduo del Centro de la A. C. N. de P. Todo esto formaba una larga cuenta, que los asesinos saldaron en la noche del 21 al 22 de octubre de 1936.
Fundador y primer presidente de la Federación de Estudiantes Católicos de Ciudad Real. En el segundo semestre de 1933 se hizo cargo de la dirección del diario católico “El Pueblo Manchego”, cargo que desempeñó brillantísimamente, realizando las campañas que en defensa de la Iglesia y de la Patria exigía a situación y combatiendo denodadamente al marxismo con grandes dotes de polemista, lo que le acarreó persecuciones y hasta una injusta y arbitraria prisión. Fue profesor de la Escuela Social Obrera y propagandista inscrito en 1935. En la tarde del 7 de septiembre de 1936 fue detenido y trasladado al Seminario, convertido en checa. Allí permaneció sometido a trato cruel, hasta que diez días después, en la noche del 17 al 18, fue sacado en unión de otros detenidos para ser inmolado. Murió junto con su hermano Cristóbal, atado a él, dando muestras de gran fervor y entereza, en las inmediaciones del puente de Alarcos, a ocho kilómetros de Ciudad Real. Los cuerpos de los dos hermanos recibieron sepultura en el cementerio de Valverde, pueblecito situado a dos kilómetros del lugar del martirio. Manuel Noblejas tenía treinta años y su hermano se había casado a principios de aquel mismo año 36.
Propulsor y organizador de la Juventud Católica, había presentado su instancia de ingreso en la Asociación en 1935. Era tesorero de la Junta Diocesana de Acción Católica. Representó a la A. C. N. de P. en la peregrinación de la diócesis a la tumba del Beato Juan de Ávila en Montilla. También fue profesor de la Escuela Social Obrera. Al iniciarse el Movimiento se trasladó a Arenas de San Juan, donde se alzó en armas con otros patriotas. El 24 de julio de 1936 las fuerzas enviadas por el Gobierno rojo lograron apoderarse del pueblo. Después de una lucha de varias horas dieron muerte, entre otros, a nuestro compañero.
Era propagandista del Centro de Murcia, incorporado posteriormente al de Madrid. En Murcia ejerció la profesión de abogado cómo pasante de Federico Salmón. Había sido uno de los miembros fundadores de la Asociación en la capital murciana y recibió la insignia en 1931. También fue fundador de la Federación de Estudiantes Católicos de Murcia y secretario de ella hasta que terminó sus estudios. En la vida católica murciana era factor activo, que se entregaba el apostolado sin regateos. En 1935 fue nombrado secretario del Jurado Mixto de Agua, Gas y Electricidad de Madrid y después pasó a la Sala de lo Social del Tribunal Supremo. La causa ocasional de su detención fue el tener a Federico Salmón refugiado en su casa. Fueron detenidos ambos el 14 septiembre de 1936. Después de que asesinaron a Federico Salmón fue trasladado a Vinader el 18 de noviembre a la cárcel de Porlier, de donde el día 27 se lo llevaron y cayó asesinado en Paracuellos.
Militar heroico, caído entre la nieve del campo de batalla de Teruel, hombre estudioso, tratadista de cuestiones sociales, buen conferenciante, católico fervoroso y ejemplar. Barja de Quiroga se distinguió siempre por su espíritu apostólico y su dedicación intensa a la propaganda. Se le encuentra en todas las actividades más salientes de ella. Ya en 1925 era secretario de la Federación Católica Agraria. Jornadas diocesanas, conferencias de prensa, cursos sociales… La actividad continua e intensa. Al llegar la República pide el retiro y un curso le basta para licenciarse en Derecho. Cambia su uniforme de comandante de Estado Mayor por la toga y adquiere rápidamente prestigio en su nueva profesión. Se consagra los estudios sociales y económicos; interviene constantemente en los círculos de estudios de los propagandistas. Su actividad no conoce pausa… Pero en esto sobreviene la situación creada por las elecciones de 1936. Barja de Quiroga trabaja en la preparación del Movimiento, y, al producirse éste, viste de nuevo el uniforme y abandona su hogar, en el que hay seis hijos, interviene en varias actuaciones de guerra en diversos frentes. Por último, mandando media brigada y en el frente de Teruel, derrochando él y los suyos valor y heroísmo, encontró gloriosa muerte en el campo de batalla. Añadamos a la frialdad del texto oficial un solo detalle. Barja, en medio de las dificultades la guerra había recibido la comunión diariamente, se dio cuenta a tiempo de que moría, hizo detener la camilla donde era conducido y recibió auxilios espirituales antes de perder el conocimiento. Sus últimas palabras fueron: “Muero contento porque soy mártir de Dios”.
Propagandista ingresado en 1927, con insignia impuesta en 1929. José María Alarcón, nieto del famoso novelista don Pedro Antonio, era abogado. Trabajó mucho desde muy joven en las actividades apostólicas de la Congregación de los Luises. Fue uno de los fundadores de la Juventud Católica de su parroquia, que era la de El Salvador y San Nicolás. Dedicado al ejercicio de su profesión, se interesó en seguida por los problemas concernientes a los Tribunales Tutelares de Menores. Fue vocal del Tribunal de Madrid y vocal del Consejo Superior de Protección de Menores en 1934. El 1 de junio de 1935, el ministro de Trabajo, Federico Salmón, lo llevó a la Dirección General de Beneficencia, donde estuvo el breve periodo que tardó dicha dirección en ser suprimida, en virtud de la ley de Restricciones. Volvió de nuevo a sus actividades de Acción Católica, que nunca abandonó completamente. Fue encarcelado cuando estalló el Movimiento y conducido a la cárcel Modelo, de Madrid, de donde desapareció en una de las siniestras sacas llevadas a cabo por los rojos en noviembre del 36, en los días en que las tropas nacionales se situaban las puertas de Madrid.
Hermano mayor de José María, ingeniero de Caminos, llevaba los mismos nombres de pila que su ilustre abuelo, el abuelo, el autor de “El sombrero de tres picos”. Miembro significado de los Luises, primer presidente de la Juventud Católica de El Salvador y San Nicolás, y en 1928 presidente de la Unión Diocesana de Madrid-Alcalá. Propagandista con insignia impuesta ese mismo 1928, trabajo siempre con celo y modestia ejemplares. No intervino mucho en política, aunque en el momento en que la religión y la Patria peligraron acudió sin vacilaciones a prestar su concurso. Fue apresado muy pronto, en julio 1936, como su humano José María, y con él cayó en una de las sacas de noviembre.
Abogado, deportista, con temperamento de luchador y político, que no estaba reñido con una vida de piedad ejemplar, era, al producirse el Movimiento nacional, secretario político de Gil Robles. En su juventud perteneció a los Luises y fue miembro muy activo durante años de las conferencias de San Vicente de Paúl. Ingreso en la Asociación en 1933. De actividad incansable y contagiosa simpatía, se entregaba sin regateos a las causas más nobles. Sus características eran el entusiasmo, el optimismo y la lealtad. Fue detenido en julio del 36 en unión de otros miembros destacados de Acción Popular y conducido a la cárcel Modelo, donde permaneció unos meses, hasta que en noviembre cayó en la expedición hacia la muerte que salió de la cárcel y se detuvo en Paracuellos del Jarama.
Hijo de padres modelo de católicos, se educó en un ambiente de laboriosidad. Maestro y abogado, ingresó por oposición en el ministerio de Instrucción Pública. Fundador de Acción, ingresa en la A. C. N. de P. Hace los cursos en la escuela de Periodismo de “El Debate” y cuando el I. S. O. crea el periódico “Trabajo”, organiza toda la parte administrativa y colabora escribiendo sus columnas. Militó en las filas de Acción Popular. Durante la época roja fue buscado en su domicilio, donde vivía con su madre y dos hermanas, hasta que fue detenido y conducido a la checa de Espronceda, 34; de allí pasó a la de Zurbano, 68, hasta dar en la de Fomento, de dónde salió para ser fusilado, al parecer, al cementerio de Aravaca.
Joven empleado en un Banco, se hizo perito aparejador y simultaneó su trabajo y sus estudios con la labor que realizaba en Acción Católica. Fue presidente del Centro Parroquial de la Juventud Católica de San Andrés y tesorero el Consejo de la Unión Diocesana. De vida modesta, laboriosa y ejemplar, significado por su celo de buen católico militante. Fue detenido en unión de otros compañeros del Banco apenas iniciado el Movimiento. Puesto en libertad poco después, se reintegró a su trabajo, del que fue expulsado por “desafecto” en agosto. El día 31 de octubre fue nuevamente detenido en su casa y conducido a la siniestra checa de Fomento, de donde, en la madrugada del 3 al 4 de noviembre, fue llevado a las afueras, donde lo inmolaron.
Redactor editorialista de “El Debate”, especializado en materia económica, persona de gran dinamismo y verdadera vocación periodística, fue el único periodista español que actuó como corresponsal de guerra en Abisinia, cerca de las tropas del Negus. En 1935 fue corresponsal de “El Debate” en París. Pero sus afanes patrióticos y su temperamento y luchador le trajeron pronto Madrid, por dónde salió elegido diputado en las elecciones de febrero de 1936. Carácter lleno de sincero y noble ímpetu, era imposible que no figurase en las listas de la venganza. A los pocos días de iniciado el Movimiento fue detenido y lo llevaron a la checa instalada en el Círculo de Bellas Artes, de donde le sacaron para matarlo. Cuando lo iban a subir al coche se revolvió contra los milicianos y se defendió virilmente. Los asesinos tuvieron que cumplir su misión allí mismo, en plena calle, donde el cuerpo de Bermúdez Cañete cayó acribillado a balazos.
Decano de la redacción de “El Debate”, a la que perteneció en la primera época, anterior a Ángel Herrera, vivía dedicado a su labor con ejemplar asiduidad y perfecto dominio de la técnica de su profesión. Recibió la insignia de propagandista en enero de 1928. Siempre había sido hombre piadoso, de acrisolada bondad, y en esta línea se mantuvo toda su vida. Detenido en la cárcel Modelo, fue “trasladado” en una de las expediciones que se verificaron al aproximarse las tropas nacionales a Madrid. Sucumbió entre el gran número de los inmolados en Paracuellos.
Cayó herido mortalmente en los frentes de Guadalajara a los 27 años de edad, luchando como alférez, destinado a la tercera compañía del Tercio de Requetés de Burgos-Sangüesa. A los veintitrés años era ingeniero de Caminos. Estudioso, constante, lleno de abnegación y de espíritu de sacrificio, de comunión diaria desde la niñez, hombre de oración y meditación, se hallaba en Canarias realizando trabajos profesionales cuando estalló el Movimiento, al cual se sumó en el acto. Fue voluntario en los sitios peligrosos, se embarcó en el primer barco que salió de las islas cuando aún la Escuadra roja dominaba el Estrecho; se incorporó a un tabor de Regulares de Larache y tomó parte señalada en los combates del avance por Extremadura. Al formarse el referido Tercio de Requetés ingresó en el mismo. La víspera de su muerte, él y los suyos confesaron y comulgaron. Rezando el rosario hicieron el camino hacia el frente enemigo, que lograron romper. Eran las ocho de la mañana cuando Gil de Santiváñez caía con un balazo en el cuello, diciendo: “Perdón, Dios mío, que muero por España”.
Capitán de Ingenieros, tomó parte en el Alzamiento Nacional, y murió en Madrid durante el asalto de los rojos al cuartel de la Montaña el día 20 de julio. Había luchado en África, adonde fue de teniente recién salido de la Academia y tomó parte en muchas operaciones, señaladamente en el desembarco de Alhucemas en 1925. Destinado a Madrid en 1931, después de haber permanecido algunos años supernumerario trabajando como ingeniero en la construcción del ferrocarril de Orense-Zamora. En 1936, al mando de una compañía del batallón de Alumbrado en el cuartel de la Montaña, murió en el combate entablado en el mismo. Al terminar la Cruzada, se le concedió el ascenso a comandante por esta acción de guerra. Su cadáver, sepultado al pronto en Carabanchel, fue exhumado, y, rindiéndose honores militares, se le trasladó al panteón familiar en la sacramental de San Isidro.
Fue alumno del Instituto Social Obrero, en el que inmediatamente destacó por sus dotes y por su espíritu. Sumóse de corazón a la propaganda de la Doctrina Social Católica. Alumno del Instituto Social Obrero en octubre de 1932, tomó parte, en los años 33 y 34, en las activas campañas sindicales que se celebraron por las provincias de Segovia, Palencia y Castellón. Carácter lleno de una gran sinceridad y nobleza, no buscó posiciones personales al terminar sus estudios en el Instituto, sino que se dedicó de lleno a la organización obrera, lo que al llegar el Movimiento no le fue perdonado por el sectarismo rojo y le valió el martirio.
Abogado, jefe de la sección de Información y Propaganda del Banco Hispanoamericano, recibió la insignia de la Asociación en 1929. Piadoso, sencillo y alegre, hijo modelo, dedicado a atender a su madre, viuda, había pertenecido a los Luises y en seguida a la Juventud Católica. Presidió hasta su muerte la Unión Diocesana de Juventudes de Acción Católica de Madrid-Alcalá. Detenido y encerrado en la cárcel Modelo de Madrid, conservó en todo momento su paz y su alegría sin perder, durante los días de cautiverio, un ápice de su esforzada serenidad. Fue asesinado en la Casa de Campo el 6 de septiembre de 1936.
Capitán de la Guardia Civil, abogado y propagandista. Su ideología y su afición al periodismo le atrajeron a la Escuela de “El Debate”. Después ingresó en la reacción de “Ya”, al fundarse este periódico, y en él ejerció la crítica de cine, y en alguna ocasión, en funciones suplentes, la de teatro. Redactor de “Ya”, hombre de acendrada fe religiosa y capitán de la Guardia Civil, parecen razones más que suficientes para que Ortiz Tello fuese asesinado en los primeros meses del Movimiento.
Era fiscal de la Audiencia y había venido a la de Madrid ya en los tiempos del Frente Popular. Su último cargo fue el fiscal encargado de prensa. Había recibido la insignia de la Asociación en 1924. Fue presidente de la Juventud Católica parroquial de los Jerónimos. De carácter abierto y alegre, se distinguía por haber hecho un culto de la amistad. Era proverbial su esfuerzo y a veces su sacrificio en favor de amigos, a los que orientaba y ayudaba en sus oposiciones y estaba siempre animándolos en su labor. Servicial y enormemente simpático, siempre los amigos le encontraban bien dispuesto. Después de “haber hecho oposiciones con sus amigos”, hizo al fin las suyas, en las que triunfó. Estaba en las Audiencias de Alicante y Palma y, finalmente, en la de Madrid. El 14 noviembre del 36 fue sacado de su casa por los milicianos en unión de su padre político. Ambos fueron asesinados orilla del camino de Fuencarral.
Ingeniero del I. C. A. I. Carácter abierto, impulsivo y generoso, actuó en la política de un modelo rectilíneo y sin doblez. Fue presidente la Juventud de Acción Popular, al frente de la cual desarrollo una actividad prodigiosa, llena de confianza en la eficacia renovadora del espíritu juvenil. Preso durante la época roja, fue a parar a la cárcel Modelo, de dónde salió al llegar las tropas nacionales a las afueras de Madrid, para su traslado a la prisión de Porlier, donde al principio logró figurar con nombre supuesto. Denunciado, por fin, fueron a buscarle expresamente al fondo de la galería en la que se encontraba, y ya no se le volvió a ver. Debió de salir de Porlier para engrosar el número de víctimas de la fosa de Paracuellos.
Fue uno de los primeros jóvenes propagandistas de Granada, su tierra natal, y participó en los primeros actos que allí se organizaron. En 1914 se trasladó a Madrid, donde abrió un bufete. Opositó a la Policía, ocupación que alternó con la de abogado, hasta el advenimiento de la República. Su notoria actuación entre los propagandistas le valió ya entonces la persecución oficial. Fue de los primeros que formaron activamente en Acción Popular, donde abrió y dirigió el centro situado en la calle del General Ricardos, puesto en que tuvo que actuar muchas veces con derroche de valentía personal y exposición de la propia vida. Quienes allí le conocieron fueron los que se dedicaron a buscarle una vez estallado el Movimiento. El mismo 19 de julio fue detenido por primera vez. Estuvo dos días preso y luego suelto. Volvió a casa, y el 21 de agosto lo detuvieron milicianos. Fue el final. Según todos los indicios que se poseen, fue asesinado aquella misma noche.
Todos los que le conocían hacíanse lenguas de su proverbial humor desbordante, que supo conservar en los momentos más difíciles. Era jefe de negociado de la Diputación Provincial de Madrid y fue nombrado director del colegio de las Mercedes, de la Beneficencia provincial, donde significó en defensa de las niñas asiladas su espíritu cristiano. Resultaba por todo ello demasiado conocido, y apenas iniciada la etapa roja fueron por él. Permaneció en la cárcel Modelo, donde sirvió de aglutinante entre los amigos y conocidos que hay entraban, y animó y levantó el espíritu de todos. No perdía el humor ni perdía ocasión de actuar como propagandista. Organizó para los propagandistas la comunión del primer viernes día 6 de noviembre. Corrieron la tarde antes las sagradas partículas encerradas en cajas de cerillas, y al día siguiente, muy de mañana, fueron consumidas, administrándoselas cada cual por su propia mano. En la madrugada del 7, ante la vecindad inmediata de las tropas nacionales, comenzó la saca de presos. Formados todos a las puertas de las celdas, la voz de la muerte llamó a Rodríguez Limón al mediodía.
No tardó la vesania roja en buscar a este propagandista, políticamente significado como diputado a Cortes de la C. E. D. A. y secretario político del ministro de Agricultura Jiménez Fernández en noviembre 1934. Fue también director de “JAP”, el órgano de la Juventud de Acción Popular. Pero había llegado a la política como otros propagandistas que sintieron el peligro que corrían la religión y la Patria. Su labor en las organizaciones católicas había sido siempre muy intensa. Ingresó en la Asociación en 1927. Era entonces vocal de la Junta de la Confederación de Estudiantes Católicos; fue director del boletín de la Juventud Católica y tomó parte activa en la fundación de centros de la Juventud Católica en Extremadura. Fue profesor de Derecho Canónico en el CEU y profesor auxiliar de la misma disciplina en la Universidad de Madrid.
Redactor político de “El Debate”, procedente de la Escuela de Periodismo de este periódico (la única entonces). Se distinguió a la vez en los círculos profesionales por su extraordinaria pericia y su inagotable bondad. Tenía dotes de gran periodista. Fue un informador sagaz y certero, corresponsal en París antes de ser redactor político. Hombre joven, de muy intensa vida espiritual, tenía la ingenuidad y la alegría propias de un alma sana. Había recibido la insignia de propagandista en 1934. Estaba dedicado enteramente el periódico con tan leal buena fe que, iniciada la guerra, continuó saliendo a la calle, sin negar ni su nombre ni su oficio, ni mucho menos su fe, confiando excesivamente en la ajena rectitud o tal vez (éste es un misterio) consciente de su inevitable martirio, que no deseaba eludir. Alguna frase dicha a un compañero antes de su sacrificio parece favorecer este supuesto. Fue, al fin, a primeros de noviembre del 36, llevado a la checa García Atadell, donde, según su costumbre, no negó que era rector de “El Debate”. Le pusieron en libertad, ordenándole que volviera al día siguiente. Bien se le alcanzó el peligro, pero quiso evitar que cayesen represalias sobre sus padres, con los cuales vivía, y se presentó de nuevo en la checa. Aquella misma noche caía asesinado en Paracuellos.
Este propagandista es inmolado por su condición de tal, por lo significado de su actuación apostólica, que le hizo notorio al enemigo. De gran inteligencia y laboriosidad, obtuvo el número uno en las oposiciones al Cuerpo de Letrados del Ministerio de Gracia y Justicia, donde fue jefe de sección en 1932. En la Asociación había ingresado en 1927 y recibió la insignia en diciembre de 1929. Fue secretario del Círculo de cuestiones sociales, iniciado en este año bajo la presidencia del padre Aspiazu. Fue también vicepresidente la Juventud Católica de Madrid y profesor de Derecho civil en el CEU. Se desconoce el lugar en que fue asesinado. En 1942, averiguadas por expediente las circunstancias de su muerte, se concedió a Joaquín de la Sotilla la consideración de muerto en campaña.
Verdadera estampa de la caballerosidad y de la resignación cristiana ante el sufrimiento, que por desgraciadas circunstancias familiares le asedió durante buena parte de su vida, Fernando Urquijo, que perteneció a la redacción de “El Debate” desde la primera hora, popularizó en este diario su seudónimo de Curro Vargas, con el que firmaba sus frecuentes y amenísimos escritos literarios. Había ingresado en la Asociación en 1921 y recibió la insignia en 1924. Estos, y acaso también su inconfundible elegancia física y moral, son los títulos para el martirio que sufrió, extraído de una de las sacas de la cárcel Modelo, de Madrid, donde le habían conducido.
Era médico. Se había señalado en las filas de los estudiantes católicos, derrochando el temple ejemplar que se necesitaba de una manera singular en la Facultad de Medicina. No se arredró y, formado para la acción en la práctica de una piedad intensa, llegó a ser secretario general de la Confederación de Estudiantes Católicos. Se distinguió profesionalmente en el ejercicio de su carrera, primero como interno del Clínico y alumno en la Beneficencia Provincial de Madrid y después como médico auxiliar de las enfermedades del aparato digestivo en el Hospital de la Cruz Roja de San José y Santa Adela. Tenía veintiocho años y una historia intachable de protagonista católico cuando se inició el Movimiento Nacional. Apresado el 27 de julio, fue al pronto puesto en libertad; pero tres días después lo apresaron de nuevo y lo asesinaron en un paraje próximo a Vicálvaro.
Caído en la batalla de Brunete como alférez provisional. Era estudiante de Derecho de la Universidad ovetense y se distinguió simular singularmente en sus estudios, en su piedad y afanes apostólicos. Hijo de familia modesta y numerosa, obtenía matrículas de honor en todas las asignaturas, para de este modo no ser gravoso a sus padres, que no hubieran podido pagar la carrera. Por otra parte, era presidente de la Sección de Derecho de los Estudiantes Católicos y vocal de Piedad de la Unión Diocesana de Juventudes Católicas. Al sobrevenir el Movimiento se alistó como voluntario para la defensa de la capital. Fue herido en noviembre de 1936. Después, como alférez provisional, fue el primero en romper con los suyos el cinturón de Bilbao, y cayó, como se ha dicho, en la batalla de Brunete, al frente de un puñado de hombres, en lucha con la compañía de Carabineros, diez veces superior al número. Se le concedió la laureada de San Fernando colectiva.
Fue el primer secretario el Centro de Oviedo, marino mercante y abogado, se dedicó al periodismo y fue director de “El Pueblo Astur” y “El Carbayón”, de Oviedo. También fue por algún tiempo redactor de “El Debate” y por dos años director del “Diario Regional”, de Valladolid. En 1932 fue nombrado presidente de la Federación Católica Agraria de Asturias y recorrió la región por dos veces, pronunciando discursos sobre la Doctrina Social de la Iglesia y fundando un centenar de sindicatos. En las elecciones a diputados de 1933 resultó elegido como representante de Acción Popular. Su actuación en las Cortes se caracterizó por su patriotismo y valentía. Fue nombrado vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales. Al estallar el Movimiento se hallaba en Pravia, y se ocultó; pero al saber que habían detenido a sus hijos, se presentó para libertarlos. En octubre fue visto, por última vez, en la cárcel de Sama de Langreo, de donde lo sacaron para asesinarle. Corona póstuma de su martirio fue la heroica muerte de sus dos hijos, Carlos y Gonzalo, que dieron su vida en el campo de batalla como alféreces provisionales.
Caído gloriosamente, siendo alférez provisional, en el caso de la Alfambra, frente de Teruel, el 18 de febrero de 1938, no cumplidos aún los veintitrés años. Alumno de los jesuitas de Oviedo, se licenció en Derecho en aquella Universidad. Se incorporó al Movimiento Nacional en cuanto se inició. En la defensa de la capital asturiana resultó herido gravemente el 6 de octubre y tuvo posteriormente que someterse a una operación quirúrgica en La Coruña para la extracción de la bala. En enero de 1937 hizo los cursos de alférez provisional y fue destinado a petición propia al cuarto tabor de Regulares, a Melilla. Una vez liberada Asturias, hizo toda la compañía de Teruel, donde encontró la muerte en la ocasión dicha. Poseía la medalla de Sufrimientos por la Patria, la medalla de la Campaña, la Cruz Roja, la Cruz de Guerra y la laureada colectiva como defensor de Oviedo.
Era capitán de Caballería y cayó luchando en el frente de Palencia, en el lugar conocido por la Escampada de Bricia. Procedía del Centro de Jerez de la Frontera, de donde pasó al de Madrid, y luego se trasladó a Palencia por exigiendo así su cargo. En esta ciudad se incorporó al primer batallón de Falange y desempeño del puesto de jefe provincial de milicias. Era gran patriota y hombre de arraigada piedad, como lo demostró continuamente en el decurso de su vida y en las palabras de encendido fervor patriótico y religioso que pronunció en el momento de morir.
Comandante de Artillería, destinado en diciembre 1935 al 14 regimiento ligero del Arma, en Valladolid, cayó en una trinchera del Jarama. Hombre de ejemplar vida religiosa, intachablemente atento al cumplimiento del deber, había oído misa y recibido la comunión la misma mañana del día de su muerte. Había pasado después de la mañana reconociendo las trincheras. Y continuando su labor durante la tarde, al pasar por un camino cubierto que sin duda no era bastante profundo para ocultarle por completo a la vista del enemigo, recibió un balazo de fusil que le atravesó el cuello y determinó su muerte casi instantánea. Uno de sus amigos recuerda que solía decir: “Bien me he podido convencer de que en este mundo nada hay que esperar. Por eso a mí la guerra es cosa que me da lo mismo; bien poco me preocupan sus riesgos. Voy a ella con la mayor tranquilidad”. Tranquilidad de quien tenía el pensamiento puesto en la altura y que parecía reflejarse en su semblante después de su muerte.
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