Frase
Ritual de Ingreso
 
Ritual de Ingreso
Ritual para la imposición de insignias
Un momento fundamental en la vida del propagandista es cuando, tras un tiempo de conocimiento suficiente de la Asociación Católica de Propagandistas, de haber discernido su vocación a la misma y pedido su ingreso como socio activo, es aceptado por la Asociación como tal. Ello se hace solemnemente en un acto en el que se le impone la insignia de propagandista.
     A lo largo de la historia de la ACdP se han empleado diversos formularios para este acto. Todos ellos fueron estudiados por la Comisión de Espiritualidad al redactar el presente texto, para el cual aprovechó también de manera especial el texto que se había usado como Oración de la Asociación desde 1970 hasta 2004.
 
Propagandistas:
Intérpretes humildes delas circunstancias de nuestra vida, creemos que el Señor nos llama a buscar una existencia cristiana más profunda mediante la pertenencia a la Asociación Católica de Propagandistas. Sabedores de que Dios, al llamar a los hombres, da la gracia necesaria para responder a su llamamiento, nos hemos decidido a aceptar esta vocación.
     No nos mueve deseo alguno de beneficios temporales. Solamente buscamos medios que nos ayuden a ahondar en nuestra vocación a la santidad y ocasiones de servir a Cristo sirviendo a nuestros prójimos, especialmente a los más necesitados.
   Contando con el impulso del Espíritu Santo y la mediación materna de la Virgen María, queremos propagar el Evangelio con la palabra y el testimonio de una conducta personal, familiar, profesional y social adecuada a sus principios.
   Frente a toda forma de mentira e injusticia, trabajaremos por que se abran a la potestad salvadora de Cristo las puertas de los sistemas económicos y políticos, los campos de la cultura, la civilización y el desarrollo, de modo que la sociedad se fundamente en la dignidad inviolable de la persona humana, y todo hombre disponga de los medios necesarios para vivir una existencia digna, libre y solidaria, conforme a la Doctrina social de la Iglesia.
 
Diálogo con el Consiliario y Oblación:
- Conforme a lo que habéis manifestado, ¿aceptáis el espíritu y las normas de la Asociación Católica de Propagandistas, buscando en ella un medio de realizar más plenamente vuestra vocación a la santidad?
- Los acepto.
- ¿Prometéis propagar el Evangelio con la palabra y el ejemplo, y trabajar por la animación cristiana del orden temporal según las enseñanzas de la Iglesia Católica?
- Lo prometo.
- ¿Estáis dispuestos a consagraros al apostolado conforme al espíritu de vuestros fundadores?
- Sí, me consagro con nuestra Oblación:
 
Eterno Dios y Señor de todas las cosas:
    En presencia devuestra infinita bondad y de vuestra gloriosa Madre y Madre nuestra, la Inmaculada Virgen María, y anteel Patriarca San José, nuestro Patrono San Pablo -el insigne Apóstol de las gentes-, y todos los santos y ángeles de la corte celestial, confesamos que es nuestra firme voluntad y determinación deliberada consagrarnos con vuestro favor y ayuda a la evangelización como apóstoles de vuestro Reino, en cuyo servicio aceptamos de antemano, en cuanto sea para la mayor alabanza y gloria vuestra, todas las injurias, humillaciones, contrariedades y pobreza que os sirváis enviarnos, si os dignáis elegirnos y recibirnos en esta vida y estado.
    Vos, Señor, que nos inspiráis esta resolución, haced que perseveremos en ella y que vuestra bendición permanezca siempre con nosotros. Amén.
 
Al final de la Misa, todos rezan la Oración:
   
Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, venimos a tu presencia con el deseo de ser apóstoles de tu Hijo y de infundir el espíritu cristiano en el corazón de todos los hombres, para que el Evangelio brille en la vida personal, familiar y social.
   Concede, Señora, a nuestros afanes un carácter sobrenatural que los haga fecundos y agradables a sus ojos.
     Sea sobrenatural nuestra vida, alimentada y sostenida por la Eucaristía; sobrenatural, el móvil de nuestro apostolado: la mayor gloria de Dios y el bien de nuestro prójimo; sobrenatural,el espíritu de nuestra palabra, caldeada por el fuego del amor divino; sobrenatural, la esperanza del fruto de nuestro esfuerzo por ordenar todas las cosas a Cristo con la fuerza del Espíritu, el poder de la oración y nuestra presencia en la vida pública.
   Te pedimos pureza en nuestras costumbres, abnegación en nuestras obras, generosidad para no abandonar la lucha por el tedio ni el cansancio, amor mutuo entrañable para ser siempre un alma y un corazón, viviendo unidos en un mismo pensar, un mismo querer, un mismo obrar.
   Haznos ver, Señora, que el pesimismo es contrario a la gracia y a la fe, pues “todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Y que es posible santificar la vida de España y del mundo con el trabajo constante y abnegado de quienes se consagran al apostolado católico.

   Y a ti, glorioso San Pablo, que con la luz de tu predicación iluminaste el mundo, propagando el esplendor del Evangelio, te pedimos que nos alcances del Cielo espíritu apostólico y un ardiente deseo de hacer y padecer por la gloria de Jesucristo. Amén.

 

Nuestra insignia

  La insignia de la Asociación Católica de Propagandistas es santo y seña, carta de presentación, rostro y espejo en el que nos miramos quienes decimos ser apóstoles de Jesucristo en la Vida Pública. La Asociación Católica de Propagandistas, a las puertas de su Centenario, lleva en su corazón el amor apasionado a Cristo, a la Iglesia y al Santo Padre como marca de garantía y de autenticidad. Muestra de ello es nuestra insignia, que es algo más que una reliquia o que un adorno para ornamentar nuestro estilo. En nuestra insignia se nos recuerda que el centro de la Asociación, su corazón, es la cruz de Cristo, Cristo crucificado. La cruz, paradoja humana, expresión del amor. La historia de la Asociación ha sido una historia de cruz y de luz. Hay tiempos de cruz y tiempos de luz; todos los tiempos de cruz están destinados a ser tiempos de luz. La cruz, en el centro de nuestros afanes apostólicos, debiera ser el antídoto contra la autocomplacencia y los recelos internos, las sospechas, los afanes personales, los intereses desmedidos, las estrategias y los cálculos de poder en pos del beneficio individual.

 

Don Ángel Herrera dijo un día, hablando de los fines de la Asociación, y de la cruz que nos ilumina: “El mayor signo de ignominia en los tiempos antiguos, se ha convertido en el mayor distintivo de honor y de gloria, desde que fue ungida por la sangre redentora de Jesucristo (…) Muchos acompañan a Jesús. Muchos quieren practicar su religión. Muchos, empero, se encuentran prontos a celebrar el triunfo, la pompa, la gloria exterior. Pero, ¿cuántos son los que entienden que el Evangelio se reduce a dos palabras: cruz y misericordia? (…) Cruz: esto es, cumplimiento del propio deber todos los días. Cruz: la vida como sacrificio por amor de Dios. Misericordia, para no pensar en nosotros solamente, sino tener abiertos los oídos para oír las quejas de los hermanos que nos encontramos en el camino de nuestra existencia”.

 

Nuestro amor no puede ser otro que un amor apasionado a la Iglesia. Nosotros decimos, porque amamos, y lo decimos con sinceridad de corazón, que queremos “servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida”. Tenemos la experiencia de ahora cien años. Una vida en la que, con nuestras luces y nuestras sombras, no hemos pretendido otra cosa que amar a la Iglesia apasionadamente y servirla apasionadamente. Siempre con la cruz presente. Nuestra Asociación ha querido ser una Asociación de esencias; son muchas las veces, son muchas las tentaciones que hemos tenido a lo largo de los años, pero siempre nos hemos mantenido cum Petro et sub Petro, cum Ecclesia, sub Ecclesia. En este año santo Paulino, el santo Padre Benedicto XVI nos ha recordado que la conversión de san Pablo, modelo de cristiano converso, debe ser el ejemplo de la conversión permanente de todos y cada uno de nosotros. “En aquel momento –escribe el Papa-, Saulo comprendió que su salvación no dependía de las obras buenas realizadas según la ley, sino del hecho que Jesús había muerto también por él -el perseguidor- y que estaba, y está, resucitado. Esta verdad, que gracias al Bautismo ilumina la existencia de cada cristiano, alumbra completamente nuestro modo de vivir. Convertirse significa, también para cada uno de nosotros, creer que Jesús “se ha entregado a sí mismo por mí”, muriendo en la cruz (cfr Gal 2,20) y, resucitado, vive conmigo y en mí. Confiándome al poder de su perdón, dejándome tomar la mano por Él, puedo salir de las arenas movedizas del orgullo y del pecado, de la mentira y de la tristeza, del egoísmo y te toda falsa seguridad, para conocer y vivir la riqueza de su amor”.

Si hay una realidad que nos ayuda a nuestra conversión, a la conversión de los miembros de la Asociación Católica de Propaganditas, es la eucaristía, presente también en nuestra insignia. La eucaristía es el corazón de la Iglesia, presencia de Cristo, real y verdadero. No han sido pocas las veces que en la economía de Dios para el hombre, el arca de la Alianza custodiaba el corazón de la ley de salvación. La Eucaristía debe custodiar el corazón de la Asociación y nuestros corazones. Nuestra confesión de fe es una confesión de fidelidad, de afirmación de nuestros fines, que se convierten en afanes, de apuesta por la formación, dispuestos a restaurar todas las cosa en Cristo y atentos a la voz de el Santo Padre y a la de los obispos en comunión con el Papa, en fiel intimidad de corazones. La insignia de la Asociación no es más que memoria y presencia, durante ya cien años y para los próximos cien años.

 
 
 
 
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