Desde su fundación en 1909, la ACdP tuvo una Oblación y una Oración. Redactadas ambas por el fundador, el padre Ángel Ayala SJ, y aceptadas unánimemente por la leva primera de la Asociación y por las generaciones posteriores. Una y otra se mantuvieron hasta 1970. La Oblación, intacta; la Oración, un tanto reducida en 1960.
La Oración fue sustituida en 1970 por un texto que ha estado vigente hasta junio de 2004. Durante el curso anterior a tal fecha, el Consejo Nacional formó una Comisión de Espiritualidad a la que encargó recuperar los textos fundacionales, haciendo las convenientes modificaciones para su actualización teológica y estilística. Tras las diversas aportaciones del propio Consejo Nacional y de todos aquellos propagandistas que enviaron sus sugerencias, la Comisión ofreció su trabajo enla Asamblea de junio de 2004: el texto actualizado de la Oración y Oblación fundacionales, y la redacción de un Ritual de ingreso en la Asociación.
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Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, venimos a tu presencia con el deseo de ser apóstoles de tu Hijo y de infundir el espíritu cristiano en el corazón de todos los hombres, para que el Evangelio brille en la vida personal, familiar y social.
Concede, Señora, a nuestros afanes un carácter sobrenatural que los haga fecundos y agradables a sus ojos.
Sea sobrenatural nuestra vida, alimentada y sostenida por la Eucaristía; sobrenatural, el móvil de nuestro apostolado: la mayor gloria de Dios y el bien de nuestro prójimo; sobrenatural,el espíritu de nuestra palabra, caldeada por el fuego del amor divino; sobrenatural, la esperanza del fruto de nuestro esfuerzo por ordenar todas las cosas a Cristo con la fuerza del Espíritu, el poder de la oración y nuestra presencia en la vida pública.
Te pedimos pureza en nuestras costumbres, abnegación en nuestras obras, generosidad para no abandonar la lucha por el tedio ni el cansancio, amor mutuo entrañable para ser siempre un alma y un corazón, viviendo unidos en un mismo pensar, un mismo querer, un mismo obrar.
Haznos ver, Señora, que el pesimismo es contrario a la gracia y a la fe, pues “todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Y que es posible santificar la vida de España y del mundo con el trabajo constante y abnegado de quienes se consagran al apostolado católico.
Y a ti, glorioso San Pablo, que con la luz de tu predicación iluminaste el mundo,propagando el esplendor del Evangelio, te pedimos que nos alcances del Cielo espíritu apostólico y un ardiente deseo de hacer y padecer por la gloria de Jesucristo. Amén.
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