Reflexionemos sobre un texto de Ortega y Gasset, plasmado en 1.927 en uno de sus ensayos:
Nunca he comprendido cómo falta en España un núcleo de católicos entusiastas resuelto a liberar el catolicismo de todas sus protuberancias, lacras y rémoras exclusivamente españolas que en aquel se han alojado y deforman su claro perfil. Ese núcleo de católicos podía dar cima a una doble y magnífica empresa: la depuración fecunda del catolicismo y la perfección de España. Pues tal y como están hoy las cosas, mutuamente se dañan. El catolicismo va lastrado con vicios españoles y, viceversa, los vicios españoles se amparan y fortifican con frecuencia tras una máscara insincera de catolicismo.
Como yo no creo que España pueda salir decisivamente al alta mar de la historia si no ayudan con entusiasmo y pureza a la maniobra los católicos españoles, deploro sobremanera la ausencia de ese enérgico fermento en nuestra Iglesia oficial. Y el caso es que el catolicismo significa hoy, dondequiera, una fuerza de vanguardia, donde combaten mentes clarísimas, plenamente actuales y creadoras.
Señor, por qué no ha de acaecer lo mismo en nuestro país? ¿Por qué en España ha de ser admisible que muchas gentes usen el título de católicos como una patente que les excusa de refinar su intelecto y su sensibilidad y los convierte en rémora y estorbo para todo perfeccionamiento nacional?... Se trata de construir España, sigue diciendo Ortega, de pulirla y dotarla para su inmediato porvenir.
Y es preciso que los católicos sientan el orgullo de su catolicismo y sepan hacer de él lo que fue en otras horas: un instrumento exquisito, rico de todas las gracias y destrezas actuales, apto para poner a España “en forma” ante la vida presente. Dejen, pues, de ser aldeanos y pónganse a trabajar en las cosas y a no decir previamente si Fulano es de la derecha o de la izquierda (cuando no usan de una triste frase tomada del lenguaje presidiario: ‘Este es de la otra cuerda”[1]
[1] Ortega y Gasset, El espíritu de la letra, Obras Completas, Alianza Editorial, 1.994, vol. III, pags. 522-523
Creen muchos ser cristianos y por cristianos son tenidos, pero jamás se han sentido conmovidos por la gloria de la verdad, que es Cristo en acción. Con su apatía son cómplices de quienes se aplican a la destrucción y al caos.
A veces critican y deploran la decadencia de la moral y la corrupción de la vida pública, pero no sienten obligación alguna por detenerla, incapaces de comprender la paradoja cristiana de que para enriquecerse el hombre deber perder y para tener debe dar.
Se tiende a pensar que el mal viene de fuera y que los malos son los otros. Consecuentemente ellos, los otros, son los que deben cambiar. En primer lugar soy yo, somos nosotros los católicos, los que debemos mejorar. Los católicos también somos culpables.